Biografía de Adolf Hitler: el dictador sanguinario

5 de diciembre de 1931, Hitler a la salida de la sede del partido Nazi en Munich

Pese a la admiración inicial que suscitó entre sus compatriotas, sus doce años en el poder llenaron la historia del siglo XX de tanta sangre y destrucción que pocas personas son aún hoy más unánimemente detestadas. Nadie hubiera podido vaticinar que en la biografía de Adolf Hitler quedara escrito que acabaría siendo una persona de relevancia histórica.

Biografía de Hitler: Estudiante mediocre y héroe de guerra

Nacido en la localidad austriaca de Braunau am Inn el 20 de abril de 1889, sus padres eran un funcionario de aduanas y una campesina. Durante años se rumoreó que entre sus antepasados cercanos se hallaba un judío de cierta posición cuyo paso por la cama de una familiar suya había sido tapado al casarse ella con un Hitler que, de paso, legitimó al bastardo. El episodio nunca ha quedado sustanciado de manera irrefutable, a diferencia de otra circunstancia: la de que el joven Adolf fue un estudiante mediocre.

Vinculado especialmente a su madre –por su padre nunca sintió un especial afecto–, durante su adolescencia y primera juventud no pasó de ser un niño mimado cuyos caprichos eran atendidos, en la medida de lo posible, por la viuda. Así, no llegó a concluir la escuela secundaria y fue rechazado en la Academia de Bellas Artes de Viena, pero se pudo permitir una existencia burguesa en la capital del imperio, que fue esencial para su vida posterior.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, Hitler hizo todo lo posible por no servir en el ejército austriaco, ya que odiaba este imperio en el que, junto a los ciudadanos de origen germánico, vivían los pertenecientes a otras razas como la eslava o la judía.

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Hitler fue premiado con la Cruz de Hierro en la primera guerra mundial.

Biografía de Hitler: De cabo a soplón del ejército

Se alistó en el ejército bávaro y demostró un valor que fue premiado con la Cruz de Hierro. Nunca pasó de cabo, sin embargo, porque sus jefes no lo encontraban con suficientes dotes de mando y porque, al parecer, hizo lo posible para no ser destinado a un regimiento diferente de aquél donde servía el soldado del que era amante. La derrota bélica le sorprendió en un hospital donde convalecía de heridas causadas por el gas que le habían dejado medio ciego. La noticia, inesperada, le hizo hundir el rostro en la almohada y romper a llorar. Desprovisto de un lugar fuera del Ejército, aceptó de buen grado convertirse en informador del mismo y ya en algunos escritos suyos de aquella época se encuentra la firme convicción de que el resurgir de Alemania sólo podría venir mediante el exterminio de los judíos.

En 1919 se afilió al minúsculo Partido Obrero Alemán, que al año siguiente ya controlaba, y lo transformó en el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán. Inicialmente, su mensaje apelaba a todos los antisistemas, de izquierdas y derechas, ya que junto al antisemitismo propio de ambos, censuraba la democracia liberal y el capitalismo, y abogaba por la acción directa.

En noviembre de 1923, en unión de otras fuerzas nacionalistas se sumó a un golpe de estado que intentó desde Múnich aniquilar el sistema parlamentario. Hitler fue sentenciado a cinco años de prisión, aunque sólo cumplió ocho meses que ocupó en redactar su autobiografía titulada Mein Kampf (“Mi lucha”). Pensaba que su final podía estar próximo, por lo que fue muy explícito en sus metas: pretendía crear un estado nacionalista basado en la raza aria, expandir Alemania a costa de Rusia, buscar la alianza con Gran Bretaña e Italia y acabar con los judíos, convencido de que “si se hubiera utilizado el gas para asesinar a unos cuantos miles” Alemania habría ganado la Primera Guerra Mundial.

Hitler creía que el resurgir de Alemania pasaba por aniquilar a los judíos y creó una red de campos de concentración, pasó a controlar la economía y los medios de comunicación, eliminó los partidos políticos y sustituyó los sindicatos por un frente del trabajo

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Hitler arrasó políticamente en su entrada al Reichstag

Biografía de Hitler: ¡Viva la muerte!

Una vez libre, Hitler abandonó el camino de conquista violenta del poder por el de la vía legal. La representación del partido nazi en el Reichstag (Parlamento) pasó de 12 diputados en 1928 a 107 en 1930, y en enero de 1933, Hitler se convirtió democráticamente en canciller de Alemania. Entonces creó una red de campos de concentración, pasó a controlar la economía y los medios de comunicación, eliminó los partidos políticos y sustituyó los sindicatos por un frente del trabajo.

Sin embargo, dado que el número de detenidos fue escaso si se compara con Rusia, que el orden público había sufrido un gran deterioro durante los años anteriores y que en 1934 Hitler se deshizo de los elementos más radicales de su partido, buena parte de la población se sintió satisfecha. Incluso las leyes antisemitas de Nüremberg promulgadas en 1935 fueron acogidas con cierto alivio.

Los propios judíos pensaron que establecían un marco legal que, aunque los discriminaba, les salvaría de la arbitrariedad y que, en última instancia, acabaría desapareciendo. Eso unido a la disminución del paro y al crecimiento de la economía sirvieron para otorgar a Hitler prestigio entre sus conciudadanos, al que contribuyeron también los éxitos diplomáticos. Pero como todas las mentes impregnadas por una visión totalitaria, la de Adolf era incapaz de aceptar conceptos como transacción o pacto. Al contrario, cualquier cesión de sus adversarios era interpretada como una muestra de debilidad que acrecentó sus apetitos.

Biografía de Hitler: Casi toda Europa sometida

Los hechos son elocuentes. En 1935, en contra de lo dispuesto en el Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial, inició el rearme de Alemania; en 1936, introdujo tropas en la región desmilitarizada de Renania; en 1938, se anexionó Austria y logró la desmembración de Checoslovaquia y en 1939 llegó a un pacto con Stalin para repartirse la Europa del Este. Cuando en septiembre de 1939 Gran Bretaña y Francia decidieron hacerle frente en defensa de Polonia, Hitler era más fuerte que nunca. En apenas dos semanas acabó con las fuerzas polacas y durante el año siguiente sus ejércitos invadieron victoriosamente Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda y Francia.

Imagen de la muerte de Hitler.

Imagen del cadáver de Hitler tras su suicidio.

Cómo murió Hitler

En el verano de 1941 inició su proyecto más acariciado, la invasión de la URSS, que debería aportar a Alemania territorio y materias primas. A finales de ese año, Hitler declaró la guerra a Estados Unidos, que ya habían sido atacados por Japón en Pearl Harbor, pero su derrota no pareció posible hasta inicios de 1943. Aún entonces se negó a darse por vencido, porque creía que podría aniquilar a los judíos –logró exterminar a seis millones pero no acabar con ellos totalmente– y porque desconfiaba de la solidez de la alianza de la URSS con Gran Bretaña y Estados Unidos.

Su fracaso fue clamoroso y durante los últimos días de la guerra ordenó la autodestrucción de Alemania convencido de que no había merecido la victoria. Aunque para algunos historiadores todavía quedan algunas incógnitas en la muerte de Hitler está confirmado que él mismo se suicidó en su búnker de Berlín el 30 de abril de 1945. Se cerraba una de las páginas más siniestras de la Historia y comenzaban otras bien trágicas nacidas también de su impulso.

Adolf Hitler, a la derecha, en su etapa vienesa

Adolf Hitler, a la derecha, en su etapa vienesa

La etapa vienesa, clave en la historia de Hitler

De manera comprensible, el estudio de Adolf Hitler ha estado muy relacionado con su llegada al poder y, muy especialmente, con la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la figura del dictador alemán no resulta comprensible sin una referencia a su paso por Viena.

Fue en esta ciudad, antigua capital del Imperio Austrohúngaro, donde Hitler tendría sus primeras experiencias homosexuales –conocidas por la sección antivicio de la policía austriaca– pero, sobre todo, sería el escenario donde iría forjando su peculiar cosmovisión. Mientras se alojaba en albergues edificados por filántropos hebreos o veía cómo gente de esta misma religión compraba sus pinturas, llegó a la conclusión de que los judíos eran “una raza diferente” que exhalaban “un olor diferente”.

Revista ocultista Ostara

A esa manera de pensar le llevó en especial el material contenido en una revista ocultista llamada Ostara que dirigía Lanz von Liebenfels. En 1909, Hitler llegó a visitarle para pedirle los números atrasados de la publicación.

De las páginas de Ostara tomaría el futuro dictador, entre otros elementos, la esvástica como signo de su movimiento, la idea de la superioridad de la raza aria, las tesis eugenésicas y el deseo de esterilizar y exterminar a los judíos. Sin su paso juvenil por Viena, es posible que Hitler nunca hubiera sido lo que fue.

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